La caída


Estatua del azul, deshabitada,
bella estatua de sal,
desconocida fatalidad adonde voy con los ojos abiertos y la memoria a ciegas:
¿eres tú quien me llama con una gran nostalgia, fuerte como el amor?
¿eres tú quien me aspira de pronto hacia la ronca garganta de los siglos?
¿eres acaso tú, incesante comienzo de mi culpa?
(¡Oh alma!, ¿adónde vas?,
¿adónde vas con las tinieblas y la luz como dos alas abiertas para el vuelo?).
Estatua del azul: yo no puedo volver.
Me exiliaste de ti para que consumiera tu lado tenebroso.
Y aún tengo las dos cara con que rodé hasta aquí, igual que una moneda;
y la piedra que anudaste a mi cuello para que fuese dura la caída;
Y la sombra que arrastro
—esta mancha de escarnio que pregona tu condena en el mundo—.
(¡Oh, sangre! ¿adónde vas?
¿adónde vas como el doble de Dios y con la espada hundida en tu costado?).
Bella estatua de sal: tú no puedes llegar.
Te desterraste en mí para escarbarme con uñas y con dientes,
para cavar debajo de mi corazón esta tumba del cielo
donde caes y caes expiación hacia abajo y plegaria hacia adentro.
Reconoce la herida: mírala en todas partes.
Es la desgarrada con que habitas en todo cuanto miro,
el paraíso roto,
la señal del exilio que te lleva a partir y a volver a nacer en este mismo oficio de tinieblas.
la morada de paso para el crimen,
el pecado de muerte que te convierte en juez, en mártir y en verdugo
hasta que se desprenda en negro polvo la mascarilla última,
esa que te recubre con la cara del hombre.

¡Oh Dios, mitad de Dios cautiva de Dios mismo!
¿Quién llama cuando llamo? ¿Quién? ¿Quién pide socorro desde todas partes?
Hay aquí una escalera,
una sola escalera sin tinieblas para el día tercero.

 Olga Orozco 

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